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La crisis de los debates presidenciales PDF Imprimir E-mail
Jueves, 09 de Noviembre de 2017 07:31
Convengamos que los debates presidenciales (radiales y televisivos) dejaron mucho que desear. Algunos culpan a los candidatos y las candidatas por la pobreza de sus acciones y argumentos. Otros cuestionan en rol de los periodistas y sus preguntas. Hay quienes se detienen en el formato y organización de las deliberaciones. Pero, al margen de quién es el responsable, lo que sí podemos concluir es que estas instancias no están cumpliendo ninguno de los objetivos para los que teóricamente están pensados. 
Ellos no informan a los electores, pues los candidatos disponen de escasos minutos para realizar sus planteamientos. A ello se suma un sistema de preguntas centradas más en las intrigas de la competencia electoral que en temas programáticos.

Tampoco los debates permiten la confrontación de ideas, por cuanto la estructura de ellos (un minuto para interpelar, 15 segundos para responder) insta a los candidatos a provocar polémicas más que a realizar argumentos razonados sobre algún tema en particular.

A lo anterior se suma la apuesta de varios medios de comunicación de crear programas para exponer a los presidenciables –ahora en forma individual– a una gama interminable de preguntas pensadas en diferentes formatos y con distintos perfiles de entrevistadores. La saturación mediática se hace evidente en esta ley de la selva de candidaturas presidenciales confrontadas a entrevistadores a los que no les quedaba otra que repetir preguntas una y otra vez. Saturación, repetición y poca profundidad son la receta perfecta para la irrelevancia.

¿Se podrían hacer las cosas de otro modo?

Por cierto. Lo que se requiere es un mínimo de coordinación y disposición de los medios de comunicación de abandonar sus ilusorias ambiciones de “romperla” con sus programas, y organizarse en torno a ciertos objetivos mínimos: permitir un debate que informe, que posibilite el contraste de ideas y que ayude a los electores a decidir respecto de las alternativas presidenciales.

Para ello, no se requiere reinventar la rueda. Basta con mirar la experiencia internacional y replicar algunas buenas prácticas en materia de debates.

La primera medida –que parece obvia– es definir tres debates nacionales, transmitidos por radio y televisión y que sean temáticos: uno que aborde exclusivamente temas económicos, otro, exclusivamente temas sociales; y un tercero que aborde alguna temática específica relevante para una particular coyuntura nacional. A las candidaturas presidenciales se les informa con anticipación el tema, aunque no las preguntas. Se reduce el número de periodistas en escena, de modo que se permita un diálogo más directo entre el candidato o la candidata y quien entreviste. Se permite que los periodistas puedan contrastar o contrapreguntar en relación con los temas planteados por otro de los participantes del debate.

Lo anterior implicaría, sin duda, un esfuerzo de coordinación mayúsculo de parte de los medios de comunicación. Como la competencia salvaje lidera en estos asuntos, se requeriría la creación de una tercera parte –una fundación u organización– que pudiese tomar las decisiones claves sobre quiénes serán los entrevistadores, cuál será el formato de preguntas-respuestas y cuál el formato de la actividad propiamente tal.

La segunda medida es transformar los debates en ejercicios cívicos. Como los debates son relevantes para la confrontación de ideas, y como esta confrontación de ideas es relevante para la democracia, estas actividades podrían contribuir a crear ciertas tradiciones republicanas sanas para la convivencia social.

Por ejemplo, en Estados Unidos, la fundación encargada de los debates presidenciales promueve que tales actividades sean organizadas en recintos universitarios. Con la debida anticipación, los propios estudiantes se encargan de la organización logística y programática de ellos. Unos meses antes del evento, los estudiantes organizan foros, crean comités políticos, documentan temas y así se dinamiza una rica discusión que, de otro modo, no tendría lugar.  La actividad de deliberar, de debatir, se transforma en todo un acto cívico, que genera efectos colaterales de formación y deliberación en un segmento clave para el futuro democrático, como son los jóvenes.

¿Por qué todo aquello no sucede en Chile? ¿Por qué existe esta visión estrecha de los debates como ejercicios de “interpelación”, de leones y leonas que son lanzados al circo romano a destrozarse mutuamente? ¿Por qué no se piensa en los debates como actividades cívicas que buscan promover la confrontación de ideas, el respeto cívico y la formación o educación de la propia ciudadanía?¿Por qué se termina discutiendo tan pobremente de cuestiones accesorias y no respecto de ámbitos relevantes del devenir de una sociedad?

Los debates presidenciales en su actual formato y, más extensamente, los diversos programas asociados al ciclo electoral, no están cumpliendo los objetivos de informar y permitir la confrontación de ideas. En la ley de la selva informativa actual, se produce una sobresaturación que no hace más que ahuyentar a las audiencias. Un poco de coordinación, algo de innovación y otro tanto de formación de redes, contribuirían sobremanera a mejorar la calidad de esta decadente deliberación democrática.
 
Claudio Fuentes S.
El Mostrador