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La historia y fortuna de Leonardo Farkas PDF Imprimir E-mail
Viernes, 14 de Noviembre de 2008 14:44

A principios de año, los diarios mostraron la foto de un tipo de melena rulienta y rubia que había celebrado sus 40 años en una fiesta privada en el Sheraton con KC and the Sunshine Band y Air Supply. Era el empresario minero Leonardo Farkas, la antítesis del millonario chileno conservador y discreto, con un pasado de músico de pianobar en Miami y rutilante animador de fiestas en palacios de jeques árabes.

Ésta es su enjundiosa historia.
Por Álvaro Díaz | Fotografía: Sebastián Utreras | Producción: Inés Picchetti | Asistente de producción: Daniel Pacheco.

El cazador de excentricidades se sentirá defraudado si conoce la oficina del empresario del hierro Leonardo Farkas (40 años, casado, tres hijos) en pleno barrio El Golf. Aparte de un voluminoso globo terráqueo de piedra con océanos de lapislázuli afgano, el resto es amplio, moderno y normal. No hay cuernos de búfalo ni piletas de ónix ni pianos de cristal. Su imagen de millonario extravagante aparece medianamente eclipsada por la de un tipo mitad gringo mitad chileno semiestresado, con un envidiable olfato para los negocios y obsesivo por la eficiencia. “Aquí en Chile todo es lento –reclama, mientras espera en el teléfono que le confirmen una hora al médico. Vas a una bencinera a comprarte un café espresso y tienes que pagarlo aquí, pedirlo allá. En Estados Unidos todo es in and out, lo que es bueno para el negocio. Acá tienes tres gallos para servirte un sándwich de pavo. ‘El especial incluye la bebida’, te dicen, y tú no quieres la bebida. ‘Es que tiene que comprarla’, te insisten. Y uno termina botándola”.
Que Farkas –quien irrumpió en la sociedad chilena hace un año y medio después de vivir más de tres lustros en Estados Unidos– no sea absolutamente estrafalario no implica que no llame la atención en un país donde la discreción es uno de los valores más preciados de los grandes empresarios. Y su gusto por el oro, los todoterrenos Hummer, los trajes Ermenegildo Zegna diseñados para él (la etiqueta dice produced for Leonardo Farkas), sumado al apoteósico cumpleaños celebrado en el hotel Sheraton, lo han convertido en objetivo predilecto de revistas y programas de televisión.
Antes de convertirse en dueño –junto a socios norteamericanos y australianos– de las mineras Santa Bárbara y Santa Fe, Farkas recorrió un camino poco común. Si bien su familia había sido la propietaria original de ambas mineras, Farkas no estuvo ligado al negocio del metal en su juventud. Lo suyo, desde niño, fue la música. Su primera fortuna la hizo en pianobares de hoteles de Miami, Nueva York y Las Vegas. Después tocó en palacios de jeques árabes y animó fiestas en yates. También vendió escobas, champú y alimento para lactantes.
A los 27 años, en Catskill Mountains, un centro de veraneo del estado de Nueva York, Farkas se casó con Tina Friedman Parker, heredera de la poderosa cadena de hoteles Concord. Y comenzó así su retiro de la vida licenciosa y entró con fuerza en el negocio inmobiliario en Estados Unidos y, poco después, en el minero en Chile.

SELF MADRE MAN
–Los empresarios chilenos son conservadores, evitan ostentar. No es tu caso.
–No soy como los típicos millonarios chilenos que andan en el auto viejo y dejan el nuevo en la casa y se las dan de pobres, quizás porque tienen miedo de que les pidan plata para donaciones o porque les quedó el trauma de la UP. Dicen que yo heredé fortunas. ¡No! I’m a self made man. Acá, si te va bien, la gente dice: “Este gallo vende droga, robó o heredó”. No me gusta esa mentalidad, por eso no me interesa tener tantos amigos ni ser sociable, no voy a ninguna de las cosas a las que me invitan. Voy con mi señora a comer a un buen restorán y nada más. Vine a cumplir mi sueño de vender 10 millones de toneladas de hierro al año y de tener 10 mil empleados que ganen un buen sueldo. Después de eso me iré de vuelta a Estados Unidos, porque no soy la madre Teresa.
–Entonces no eres rico de cuna.
–No éramos pobres, no tuve una niñez apretada, pero cuando salí del colegio mi papá no me dio un millón de dólares. Entré a Ingeniería Comercial en la Universidad de Santiago, pero yo quería ser artista. A mi papá le encantaba la música y me puso a estudiar piano desde los dos años. Toqué en la orquesta del colegio y después armé mi propia orquesta, tocaba en casamientos, cumpleaños. Mi primer auto me lo compré con esa plata, un pan de molde Suzuki que me costó 600 mil pesos. Le puse un letrero que decía Orquesta Internacional Leonardo Farkas, y acarreaba los equipos para las fiestas. Muchos compañeros de universidad trabajaban para mí. Tenía hasta chofer.
–Eras el millonario de la universidad. En general los universitarios no tienen ni uno.
–Acá los alumnos no hacían nada, pero igual se quejaban, reclamaban por cosas políticas. Yo les decía: busquen trabajo. Yo trabajaba, ganaba plata e invitaba a todo el curso al Don Completo, que quedaba en Matucana. Por 1 dólar comprabas 5 hotdogs. Ponía la radio de mi camioneta y bailábamos. Los ricachones no se juntaban conmigo, decían que era amigo de los pobres. Yo no era de esos que se iban a esquiar a la nieve. A veces iba, pero a tomar sol, porque me gustaba estar tostadito.
–¿Por qué te fuiste a Estados Unidos?
–Me fui a los 20 años, porque un socio que tenía en la orquesta se había ido y me llamó: ‘vente, acá hay casamientos todos los días’. Junté 10 mil dólares y partí. Primero me fui a Nueva York, y ahí me di cuenta de que tener una orquesta de 15 músicos era imposible. Había que pagar seguros, preocuparse de que llegaran con el terno adecuado, que esto, que lo otro, y yo no tenía ni papeles. Entonces me convertí en hombre orquesta y empecé a trabajar solo. Al año siguiente volví a Chile, arrendé el Balthasar, que era la discoteque número uno en ese entonces, para celebrar mis 21 años. Había una botella de champaña por persona. En Estados Unidos ganaba harta plata, pero trabajaba como burro.
 
–¿Qué era eso del hombre orquesta?
–Tenía 15 teclados y en ellos tocaba todos los instrumentos. Con una mano tocaba el sonido de un trombón y con la otra hacía la mímica. Me fui a Miami, donde me contrataron en el Castle Hotel por mil dólares a la semana. Me alcanzaba para tener un auto y arrendarme una pieza en un hotel. Después empecé a tocar reggae de 12 a 2 en el Sheraton, en el Marcopolo tocaba piano para los viejitos de 5 a 8 y terminaba la noche tocando de 9 a 1 de la mañana en otro hotel en South beach. Los martes, que era mi día libre, tocaba en un crucero que iba a Bahamas por el día. Ganaba 100 dólares por acá, 50 allá, me pedían canciones y me daban 5 dólares de propina. A los 24 años junté mi primer millón pero, como te decía, trabajé como burro. Un diario dijo que yo gané plata fácil. No tienen idea.
–Después tocaste en Las Vegas.
–Ahí llegué a tener show propio en el MGM Grand, el hotel más grande del mundo hasta hace poco. Pero no me llamaron, yo me ofrecí. Les dije: “Me pago el pasaje, me arriendo el piano, todo”. Insistí y lo conseguí.
–También tocaste para millonarios en países árabes.
–La primera vez fui a Dubái para la inauguración del palacio de un jeque. Después me contrató un príncipe en Arabia Saudita para la inauguración de otro palacio. Allá se enamoró de mí la hija del príncipe. Ella tenía como 16 años. No era la más buenamoza del mundo, pero tenía su gracia. Me invitaron a pasar con ellos un verano a su mansión en la Riviera francesa y llamé a mi papá para contarle. Él me dijo: “Si vas, tienes que casarte con ella”. El príncipe me estaba ofreciendo a su hija. “Pucha, qué hago”, pensé. Al final les dije que mejor me consiguieran trabajo allá, pero que yo me pagaba un arriendo. Eso no les gustó y no me invitaron a ninguna parte.
–Me imagino que lo pasabas muy bien.
–Millonarios me contrataban para tocar en yates en Grecia, en fiestas con veinte gallas del Playboy. Como yo no era hijo de pobre, no me quedaba comiendo en la cocina. Ahí conocí a mucha gente interesante y comencé a hacer negocios con ellos. Yo no quería ser famoso, yo quería ganar plata.
–¿Cómo es casarse con una heredera?
–Me enamoré justo antes de subirme a un crucero que daba la vuelta al mundo durante un año. Me pagaban 10 mil dólares a la semana. Iba a viajar gratis y a ahorrar, pero me casé y no partí. Igual después nos fuimos seis meses de luna de miel. Tina viene de una familia con mucha plata, pero en Estados Unidos no es como en Chile. Acá tú tienes plata, se casa tu hija y le regalas un departamento. Allá son más fríos. Todos creen que cuando me casé me pasaron un par de millones. Al contrario, me pasaron sus cuentas. Nos fuimos a vivir a Las Vegas. Allá me sacaba el anillo matrimonial para tocar el piano y las niñas me invitaban. Mi señora es más tradicional, old fashion, y tuve que elegir entre la fama como músico o mi familia. Opté por mi familia. Nos fuimos a vivir a Boca Ratón, en Florida, donde hacía shows ocasionales y algo de televisión, hasta que me retiré definitivamente a los 35 años. Ya tenía hijos, estaba haciendo otros negocios y ganaba plata. Yo no veía nunca a mi papá y no quise que a mis hijos les pasara lo mismo. Actuar y llegar todos los días a las tres de la mañana no es vida. Además, siempre fui bueno para el negocio.
–¿Qué negocios hiciste?
–Tuve tiendas de videojuegos, importaba escobas desde Brasil, llevaba champús y cremas canadienses a Centroamérica, tuve un negocio de alimentos para guaguas. Vendí algunos hoteles de la familia de mi señora, le vendí un rancho de su abuelo a Arnold Schwarzenegger, hicimos unos joint ventures con Donald Trump. Y en 1995 empecé a invertir en minería en Chile.
–Retomaste el negocio de tu papá.
–Era algo que llevaba en la sangre. A mi papá le quedaban unas propiedades mineras chicas que no alcanzaban para nada. Hice prospecciones mineras desde aviones. Mi papá me decía: “Rucio, para qué vas a gastar tu plata en esto”, y yo le respondía que no se había acabado el hierro sino el poder comprador. Ahora le vendo hierro a China, tengo como 50 mil hectáreas en el norte, 40 mil en el sur, 30 mil por acá. Cuando dicen que heredé suena bonito, pero no es así. Yo no gané mi plata en Chile, la estoy invirtiendo acá. No soy un gringo que le ando robando la plata a los chilenos.
–Tu papá murió hace poco.
–Hace tres años. Yo cumplí su sueño siendo músico. Cuando me iba a ver a Las Vegas le tocaba serenatas de Schubert y se ponía a llorar. Cuando volví al norte, a Vallenar, donde él vivía y donde están parte de las minas, noté que el lugar seguía igual de pobre que siempre y dije: “Voy a hacer algo por los otros, voy a hacer algo por mi viejo”. He hecho tantas cosas sociales que ni te imaginas.
–¿Qué cosas?
–Puse teléfonos e internet en El Salado, un pueblo minero, esterilicé a las perras callejeras de Caldera para que no se siguieran reproduciendo, hice un concurso con los niños del puerto para que pintaran una estructura de 200 containers donde guardo el acopio de hierro, he regalado equipos de fútbol, financiado la regularización de propiedades de 80 familias. En el sur, cerca de Coronel, donde estoy haciendo unas prospecciones, a los huasitos de la zona les regalé una caja con arroz, vino, pan, cola de mono, dulces para los niños. Algunos, en vez de darme las gracias, me dijeron: “Ah, usted quiere echarnos de nuestras casas”.
–Pensaron que tenías un interés oculto.
–No pueden pensar que lo hago de buena gente. Mi señora me dice: “Viniste a Chile para ayudar a la gente que trabajaba con tu papá y qué te agradecen: nada. Me casé contigo por tu buen humor y andas todo enojado”. Ahora tengo menos paciencia, ando un poco estresado, me roban en la casa, me peleé con mi profesor de tenis porque no usaba pelotas nuevas como habíamos acordado, algunos de mis gerentes se enfermaron, los contratistas no cumplen porque se rompe la chancadora, porque está lloviendo o porque se les muere la abuelita. Aquí todo es excusa. Tuve que cancelar dos barcos porque no tenía suficiente mineral.
–Te joden mucho.
–Como loco. Con la Conama y esas cuestiones me van a salir canas. Como en Chile había un monopolio del hierro, la CAP, no se acepta que entre un nuevo competidor. Sólo te quieren muerto. Cuando llegó el barco para mandar mi primer envío a China fue como de película… bah, no te quiero latear con esas cosas.
–No te preocupes, latéame.
–Llegaron 23 gallos con metralletas en la noche. Al capitán, un ucraniano, lo sacaron en pijama y dieron vuelta su colchón buscando droga. Después me contó que eso sólo le había pasado en Irak. Luego llegaron los gallos de la Conama, de la Conaf, de Salud. Todos querían inspeccionar. Yo dije: “Uno más y lo tiro al agua”. Llegó la alcaldesa de Caldera y, para mi sorpresa, me dijo: “Sabes, Leonardo, te quiero felicitar, porque ahora hay doscientas familias con trabajo”. Pucha, no todo era negativo. Yo tenía que hacer algo para mostrar públicamente que eso era bueno, así que pedí que trajeran un orfeón para que despidiera el barco cargado de hierro con el himno nacional cuando por fin zarpó. Después hice una fiesta e invité a todo el pueblo. Medio kilo de carne por persona y bar abierto. Los estibadores me decían: “Nosotros hacemos 21 barcos durante la temporada de la fruta y nunca nos han dado ni un café”.
LA FIESTA
 
El 31 de marzo pasado, Leonardo Farkas saltó a la fama de manera explosiva. No por sus negocios, sino por la despampanante fiesta que organizó para celebrar sus 40 años junto a 200 invitados. Arrendó todos los salones del hotel Sheraton, contrató a KC and The Sunshine Band, Air Supply y Coco Legrand como platos fuertes, y a Antonio Vodanovic para que animara. Trajo a 60 bailarines de La Tirana y a 80 brasileños para que armaran un carnaval, a un dj de Nueva York y un barman de Miami para que preparara uno de sus tragos favoritos, el Sex on the beach. La torta era color oro y tenía forma de piano. Mujeres desnudas con sus cuerpos pintados recibían a los invitados. “Todos pensaron que iba a invitar al jet set, pero no –dice Farkas. Invité al que fue mi profesor de tenis cuando era chico, al profesor de flauta, a amigos que no veía hace tiempo. Traté de hacerlo low profile, pero igual se enteraron algunos medios. Más allá de lo que gasté, no fue una fiesta ostentosa”.
–¿No fue ostentosa?
–Es que la gente no ve más allá del lujo. Yo podía haber hecho la misma fiesta en Estados Unidos, más barata, pero la hice acá por un punto: era made in Chile. Mi casamiento había sido fabuloso, en seis salones distintos del hotel de mis suegros, pero yo no he estado en ninguna fiesta en el mundo que haya sido mejor que este cumpleaños. Había más personas organizando que invitados. Por ejemplo, probé personalmente siete salsas bernesas distintas para elegir cuál acompañaba el filet mignon. Al hacer mi fiesta aquí en Chile quería demostrar que los chilenos no somos tan fuleros, pero la gente no ve eso. Dice: “Este gallo es como los rusos millonarios que tiran la plata a la calle”. La invitación, que mandé a hacer a Italia, decía tres cosas: deja tus tarjetas de negocios en la casa, trae tus zapatos de baile, no acepto regalos.
–¿No aceptaste regalos?
–No. Si alguien insistía en hacerme un regalo, yo le decía: “Dale una donación a los pobres, a tu caridad favorita”.
–¿Por qué te celebraste con una fiesta así?
–Yo pude haber nacido pobre, sin una pierna o me podría haber ido mal, pero si Dios me dio todo esto, tengo que disfrutarlo. Qué saco con tener la plata en el banco y contar los ceros. Conozco a tantos millonarios que han muerto sin vivir la vida… Y después vienen las peleas de los hijos, los abogados… No, ésa no es vida.