Alto, de corte ceremonioso, como adivinando pronto, sería flamante Ministro de Corte, avanza por las calles de Cañete en demanda de su despacho de Secretario Primero y, después, por promoción de don Arsenio Sáez, al de Juez.

Con su seriedad al caminar y viéndole por primera vez, uno se imagina que no va a poder tratar mucho con él; pero, en confianza, es una persona que agrada a moros y cristianos. Risueño, bueno para celebrar chistes, para contar anécdotas y con sabor, don Héctor fue muy estimado a su paso por este simpático pueblo. –Cariñoso en su casa, como igualmente su buenamoza y agradable esposa, la señora Elsita, tuvo su hogar abierto a sus amistades en forma amplia, sincera, llena de nobleza y buenos sentimientos. 

Mordaz y pitancero; inteligentísimo y de gran sentido jurídico; culto en todo el sentido del vocablo y de gran responsabilidad, se perfilaba ya, como yo tantas veces le decía, que llegaría muy luego, muy alto en su carrera judicial. – Y sin ser pitonizo, se va cumpliendo mi vaticinio y anhelo; fue desigando juez de Tomé, después Relator de la Corte de Chillán, donde dejara en todas partes, gratos recuerdos; ahora, ya es un joven Ministro de la Corte de Concepción que pasa por ser, después de la Suprema, según sé, la más distinguida y elevada alcurnia de la judicatura. 

Don Héctor ha sido un hombre tesonero desde estudiante; se sobrepone a las dificultades y tiene una gran filosofía de la vida. Eso sí que allá, cuando le conocí en Cañete, por su juventud talvez, era impulsivo y de una franqueza casi aterradora; entre broma y broma, iba largando la flecha con algo de “curare”...
Gusta de la buena mesa; grande y ameno charlador, salpica con sus “pitancicas” a manera de entremeses.
Muchos teníamos la impresión que, con sus ascensos, muy merecidos por lo demás, iba a cambiar; con gran satisfacción constatamos que no le han mareado las “alturas”. Sigue siendo el hombre llano y cordial. Eso le enaltece mucho.
Es discutidor razonable; sin aspavientos y con energía, sostiene con criterio sus puntos de vista; muchas veces discutimos y lo vi discutir con calor, especialmente con el infaltable “Paulino”, el Santo Laico de Cañete. (Digo esto con respeto y porque sigo creyendo que Paulino esconde muy buenas intenciones para su colectividad y las derrama en abundancia, a pesar de no comulgar con las ideas católicas de piedad...)
Don Héctor Roncagliolo Dosque, tuvo buenos amigos en este pueblo de Cañete; se le quiso mucho y su figura descollante era ya familiar; pero Dios me libre que algo le pareciera mal; por educación se guardaba muchas veces y sobre todo por el cargo que desempeñaba, hacer relucir su ira, pero se le notaba, porque del cuello a la cabeza, enrojecía.
Ha formado un hogar feliz y sus hijos, inteligentes como la mamá, serán la continuación de una tradición familiar en cuanto al trabajo honrado y al tesón para abrirse paso en la vida.
Bien, don Héctor; usted ya señaló la senda. Su señera ruta es un ejemplo digno de imitar.