¿Quién no le conoce? Agricultor y comerciante, es persona que tiene muchas anécdotas. Nació en San Carlos (Ñuble); pero radicado en Cañete, ama a su tierra como la propia; allí tiene fundos y comercio; hombre ya de fortuna gracias a su honrado y constante trabajo.
Persona de empresa, es vivo para el negocio, dinámico y sufrido para el trabajo tesonero, es un ejemplo de virtudes ciudadanas. Casado con la señora Delia Pacheco, ha formado un hogar ejemplar; sus hijos inteligentes y hogareños, son su preciado orgullo; ingeniero, marino y pedagogo, técnico en radio, comerciante y profesora, han dejado huellas de inteligencia.
Familia muy cariñosa en su hogar; servicial, sincera y sin dobleces; sin falsedades y de espíritu amplio; así don Carlos González puede sentirse orgulloso de su paso por esta vida.
Bueno para la fiesta criolla; “le pone” a veces y es chistoso y rajativo... Pero si algo le parece mal, es capaz de agarrarse a chopazos; ha sido uno de los buenos para las cachetadas; claro que ha dado y recibido muchas también. Entaquillado y de fuerzas, hizo de las suyas en su juventud.
Para “San Carlos” generalmente se celebra; me recuerdo que hace algunos años, “como él le había puesto” dos días antes, no se preocupó de probar el tinto que dijo mandaran a buscar donde Sperberg; había invitado a un grupo selecto (entre los cuales me contaba yo; parece seleccionaba poco a sus amistades, dirán ustedes). El hecho es que el vinillo estaba totalmente vinagre; pero su compadre, el doctor Ricardo Figueroa que aprendió a tomar tarde, no se percató y le ponía en forma continuada. Don Manuel Montory y el a veces chistoso Pancho Cigarroa nos mirábamos riéndonos por lo bajo y como éste último andaba con un fuerte dolor de muelas, le pregunté si se le había quitado y respondió: “... se ma ha pasado bastante con este vinagre que estos tomando...” Por supuesto oyeron las dos mesas y la risa fue general y ahí se percató con Carlitos que ese vino estaba intomable, pues el blanco se había acabado ya, pues todos frecuentábamos ese. Había sucedido que, por un equivocación se le había enviado una damajuana de auténtico vinagre criollo...
Se terminó el vino y fuimos al Club Social; pero por suerte estaba cerrado, porque si no todavía estaríamos pasando el gusto a vinagre.
Mi querido amigo Carlos González es vivo para el negocio y no afloja cuando ve uno que le conviene. Pero, por sobre todo, es un hombre llano, cordial, sano de corazón; emprendedor y gracias a él se ha sostenido, por varios años, la Cooperativa Agrícola Lincoyán, de la cual es su gerente.
A Cucho Miranda no lo ha podido derribar; son muy amigos y tiene varias anécdotas muy sabrosas, como cuando, en un “San Ramón”, compadecidos que nadie le hiciera una fiestecita a Ramón Pulpeiro, decidieron hacerle una ellos; todo listo, lo invitaron a Ramoncín y no le podían encontrar; hasta que al fin dieron con él, pues estaba en una fiesta que el mismo Ramón daba por su onomástico a un grupo de sus amigos y... viese usted, de los pocos que NO convidó, estaba Cucho Miranda y Carlitos González....
Otra vez peleaban porque don Carlos pasaba por un camino que Cucho cerró con alambre y don Carlos le echaba abajo el cerco a caballazos; pero son buenos amigos.
Ya en vísperas de publicar este libro, supe de la muerte de éste, mi gran amigo, don Carlos; fui a su funeral y con singular sentimiento le dediqué una últimas palabras.
Creo difícil encontrar otro amigo que le haya sentido más que yo. Lo recuerdo con emocionado y sincero cariño.
Salíamos siempre a caballo a recorrer sus campos; me gustaba su charla y su modo de pensar; dormía la siesta en Reputo y él salía calladito, para no despertarme, a ponerle el hombro al trabajo. Es un ejemplo de hombre trabajador digno de estamparse aquí y en cualquier parte.
Sus funerales fueron la expresión del cariño que se le tenía; fue todo el pueblo, puede decirse, a dejarlo a su última morada. Su hasta ahora inconsolable esposa, va muy seguido a conversar con él a su tumba. Fue un matrimonio ejemplar y Dios tenga don Carlos en su Santo Reino. 
Don Carlos era hijo del señor Pedro González F., y de la señora Emilia Candia Guzmán, recuerdo a dos de sus hermanos; don Pedro y don Candelario, tan excelentes personas como él.
Su hijo Pedro, ya Capitán de Fragata, falleció como Jefe de Base Antártica, debido a un accidente. Recordaremos que éste distinguido oficial de la Marina de Guerra, pedagogo en Castellano, viajó becado a España y sobresalió siempre por su modestia y capacidad intelectual, por lo cual, la Marina de Guerra ha perdido un ejemplar oficial que habría llegado a Almirante por sus relevantes cualidades de estudioso y de alta alcurnia intelectual.