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VIOLENCIA ESCOLAR Imprimir
Jueves, 10 de Noviembre de 2005 03:10

Cabe plantearse si los sistemas de educación pública y privada se hacen cargo de la formación integral de los educandos o si sólo privilegian la cobertura y el logro de objetivos académicos.

Un estudio realizado por la Universidad del Desarrollo en 17 establecimientos educacionales municipalizados, particular subvencionados y particulares, reveló la magnitud de las conductas violentas de algunos niños contra sus pares, e incluso los profesores. Y si bien ya existían antecedentes que revelaban la matonería estudiantil como un problema que se había hecho presente en la comunidad, las cifras entregadas por la casa de educación superior revelan la complejidad del cuadro que enfrenta nuestra zona por este concepto.

En la práctica, más del 50 por ciento de los niños de séptimo y octavo año entrevistados declaró haber visto agresiones a profesores por parte de los alumnos y un 4 por ciento confesó sentir miedo de ir al colegio.
La violencia al interior de los establecimientos educacionales no es una característica exclusiva de la región. La experiencia internacional revela que el matonismo es una práctica extendida, en la que cabe distinguir entre quienes abusan de sus compañeros y quien sufre las agresiones físicas o sicológicas.
Especial mención merece el hecho que el 10 por ciento de los que padecen las agresiones de sus condiscípulos guardan silencio, lo que finalmente genera secuelas que pueden derivar en malos rendimientos o grave detrimento a la autoestima.
La violencia en los colegios no es un fenómeno nuevo ni el abuso en las aulas puede ser presentado como algo característico de esta nueva generación de jóvenes y niños. Pero lo que sí cabe plantearse es si los sistemas de educación pública y privada se hacen cargo de la formación integral de los educandos o si sólo se privilegia, especialmente en los colegios particulares, el logro de objetivos académicos. El tema no es menor, porque, en general, las señales públicas y muchos contenidos de los medios de comunicación tienden a fortalecer las conductas violentas y hasta discriminatorias de los más fuertes contra los débiles.
En ese contexto cabe preguntarse por los programas y esfuerzos públicos y privados que tienden a atenuar los efectos de los abusos entre compañeros de curso; si existe como una variable a cautelar de los procesos de enseñanza y aprendizaje de la educación básica el respeto a las demás personas desde los primeros años de colegio; y si de manera sistemática los establecimientos gastan energías y tiempo en controlar los primeros síntomas de matonería en los más pequeños. Tampoco está del todo claro si los padres están cumpliendo a cabalidad su papel de orientar a sus hijos inculcándoles valores que eviten la violencia como método de resolución de conflictos y modo de relacionarse con los demás.
Tampoco se debe focalizar la atención en el uso de la fuerza física como forma central de agresión. También existe la violencia verbal o sicológica contra algunos alumnos que puede causar negativos efectos en el desarrollo de los niños y jóvenes. Y todo esto plantea la gran interrogante de qué valores le está entregando la sociedad, el poder público y las familias a los más jóvenes. En cierto sentido, las conductas violentas de los estudiantes son el reflejo de algo que ocurre en la sociedad e incluso al interior de los núcleos familiares. Por tanto, la violencia debe ser una señal de alerta y un llamado de atención a los padres en su función de educadores y modelos para sus hijos.
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