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Norman Merchak
Por qué no hablar de que todo es a última hora en este país nuestro, ya que ello es una de las características más destacada del chileno. Quizás es mejor hablar del último día para así darse más tiempo para cumplir cualquier tipo de tarea.
Ese día que marca el límite para el tiempo en que hay que terminar lo emprendido o, simplemente, con el encargo. Sea este ajeno o propio, siempre se espera el último momento para emprender lo pendiente.
Uno podría creer que ello puede deberse a que el chileno le otorga mayor cantidad de tiempo a la resolución del asunto en cuestión, a modo de ir madurando la solución, siempre en busca de un mejor resultado. Sin embargo, otros tienden a atribuir esta espera o dilación a una especie de autoestima sobredimensionada de la capacidad para resolver en el último minuto. Pero, no son pocos, los que asignan esto a una postergación impulsada por una especie de flojera inducida por el clima más cercano al frío polar.
Cuando uno busca investigar esta especie de costumbre rutinaria del chileno, no deja de llamar la atención una respuesta que alude a la necesidad de trabajar bajo la presión del apremio del tiempo que está por cumplirse. Gusto por la descarga de adrenalina y el sabor de la saliva amarga.
Esta situación retardataria de la solución del problema se observa, con mucha frecuencia, en el período escolar. Estudiar a última hora la materia de la prueba, la confección de la tarea trabajada la noche anterior al día D. ¿Y qué decir del calentamiento de exámenes, tan socorrido con sus resultados inciertos?
Ejemplos sobran en la historia del día a día. Nombramientos de autoridades, leyes que esperan en el parlamento el último día para ser sancionadas. Resoluciones judiciales que se dilatan hasta casi el vencimiento del plazo. Controles, sean de salud personal o de cualquier artefacto, sólo se cumplirán en la fecha límite.
Incluso hoy, podemos ver cómo las designaciones de personas para cargos importantes para poder gobernar, se van posponiendo para la última oportunidad.
Cumplimiento de compromisos, sean importantes o simples, se van dejando para el último momento, nada apura al que debe cumplirlos. Basta ver cómo se ha ido trabajando esa obligación, sea de palabra o por ley, de separar los negocios de la política, en este caso de gobernar, se ha dejado para el final, cuando el plazo está por cumplirse.
Así somos en el largo Chile, los chilenos. Aunque digan algunos, que también funciona, merece un signo de interrogación (?). |