
Hace unos días me ocurrió algo curioso. Sin motivo aparente, volvió a mi memoria una melodía que había escuchado desde que era niño. Primero apareció la música y casi al mismo tiempo, el título: Morir un poco, de Nano Vivencio.
Me sorprendió recordar ambas cosas después de tantos años. No se trataba de una canción que hubiera escuchado recientemente ni de algo que hubiera estado buscando en internet.
Es un tema instrumental interpretado con guitarra eléctrica que tuvo bastante popularidad en Chile durante los años sesenta. Recuerdo haberlo escuchado muchas veces en Radio Minería y Radio Portales, emisoras que en aquellos años formaban parte de la vida cotidiana. En Cañete este tema fue parte del repertorio musical del grupo The Cliffton en el Teatro Municipal y otras presentaciones.
Lo curioso es que no fue la melodía lo que más llamó mi atención cuando volvió a mi memoria, sino el título.
¿Por qué alguien llamaría Morir un poco a una composición instrumental? ¿Qué experiencia, qué emoción o qué pensamiento habrá llevado a su autor a elegir un nombre así?
La pregunta puede parecer simple, pero terminó llevándome por un camino inesperado. Mientras pensaba en ello, recordé una frase que alguna vez escuché: vivimos muriendo.
Quizás, aunque suene como una exageración, tiene sentido; no porque estemos muriendo en el sentido físico de la palabra, sino porque la vida también consiste en ir dejando cosas atrás. El niño que escuchaba aquellas radios ya no existe. Tampoco existen muchas personas, lugares y circunstancias que formaban parte de esos años. Algunas desaparecieron y otras cambiaron hasta hacerse irreconocibles; sin embargo, bastó una vieja melodía para que todo volviera a hacerse presente por unos instantes.
No regresan los años vividos ni las personas que formaron parte de ellos; lo que vuelve es el recuerdo. A veces, como en este caso, lo hace con una fuerza sorprendente, como si hubiera permanecido oculto durante mucho tiempo, esperando el momento adecuado para reaparecer.
Quizás por eso el título siguió resonando en mi cabeza, porque no necesariamente habla de la muerte física. Tal vez habla de esas pequeñas pérdidas que acompañan la vida; de las etapas que terminan, de los lugares que desaparecen, de los proyectos que no fueron y de las personas que quedaron atrás en el camino.
Todos, de alguna manera, hemos experimentado algo parecido. Con los años vamos cambiando sin darnos cuenta; algo queda y algo se pierde. Conservamos recuerdos, aprendemos cosas nuevas, dejamos otras atrás y seguimos avanzando. La memoria, en cierto modo, establece un puente entre quienes fuimos y quienes somos hoy.
No sé qué quiso expresar el autor cuando eligió el título Morir un poco. Quizás hablaba de una pena, de una despedida o simplemente de una emoción difícil de traducir en palabras.
Lo que sí está claro es que aquella melodía logró atravesar más de sesenta años para regresar inesperadamente a mi memoria. A lo mejor olvidamos menos de lo que creemos.
Hay recuerdos que permanecen en silencio durante décadas. No sabemos dónde están ni por qué siguen allí; pero un día cualquiera aparecen sin previo aviso y nos recuerdan que el tiempo pasa, que muchas cosas quedan atrás y que, a pesar de ello, una parte de nuestra historia sigue viviendo dentro de nosotros.
Quizás por eso aquella vieja melodía volvió a sonar. No para hablarme de la muerte, sino para recordarme que mientras la vida sigue avanzando, hay recuerdos que se resisten a desaparecer.