La libertad no suele ser un problema cotidiano ni una fijación constante, excepto para quienes ya no la tienen en el sentido más literal. Para el resto, se convierte en concepto, consigna o movimiento dentro de un marco que rara vez cuestionamos.
CARGANDO…
La escena que se observa no busca ilustrar una idea previa, sino provocar una pregunta. Una palabra se mueve, rebota, cambia de dirección. No está quieta, no está detenida, no parece oprimida y, sin embargo, nunca sale del marco, no porque alguien la empuje de vuelta, sino porque el límite ya está ahí.
Los muros de la libertad.
Durante años hemos hablado de la libertad como si fuera un estado absoluto: se tiene o no se tiene. Pero en la experiencia real, social, cultural, incluso personal, la libertad suele aparecer de otra forma: como movimiento permitido, como posibilidad contenida, como recorrido dentro de bordes que rara vez elegimos.
La pelota no conoce el origen del marco, no lo cuestiona, sólo aprende a moverse dentro de él. En ese aprendizaje, algo se revela: no toda restricción se vive como opresión, y no todo movimiento equivale a libertad plena. Muchas veces confundimos una cosa con la otra.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos afirma que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos. La frase es ética, necesaria, fundacional. Pero dice nacen, no viven. Entre el nacimiento y la vida concreta se interponen estructuras, normas, miedos, expectativas y omisiones. El mundo ya está organizado cuando comenzamos a movernos. Por eso la libertad no desaparece al tocar el límite, se pone a prueba ahí.
En el proceso que dio forma a esta representación, LIBERTAD no aparece completa desde el inicio. Primero es LIB, luego LIBER y después tras rebotar con el borde, la palabra logra desplegarse entera. No fue un error técnico, sino una constatación: la libertad rara vez se presenta completa. Se compromete entera, pero se vive fragmentada.
Cada rebote enseña algo, no destruye el movimiento; pero lo redirige. Así operan muchos de los límites contemporáneos: no prohíben de manera visible, sino que devuelven, no niegan, pero encauzan, no castigan, pero acostumbran.
Aquí se cruza otra pregunta necesaria: ¿qué relación hay entre libertad y verdad? La frase bíblica “la verdad te hará libre” no promete consuelo. Promete revelación. La verdad no elimina los límites; los hace visibles y al ver el límite no siempre libera de inmediato; pero impide confundirlo con horizonte.
Tal vez por eso la libertad no suele quitarnos el sueño, salvo en el encierro literal, casi nunca se nos presenta como ausencia, sino como paisaje. Nos movemos, elegimos, opinamos, pero dentro de marcos que pocas veces miramos de frente, cuando no se miran, los límites dejan de parecer límites.
Aquí no se afirma que no exista la libertad. Se plantea algo más comprometedor, que no se ve igual desde todos los marcos, ni se vive del mismo modo para todos. Que hay libertades amplias, estrechas, conscientes y heredadas, que exploran, sino libertades que sólo rebotan. La pregunta no es cuántas veces rebotamos, sino contra qué y sobre todo, ¿quién dibujó el marco que hoy aceptamos como natural?
Gorart Villaroel
