
Los que bailan con sus padrinos de matrimonio en esta fotografía son Luisa Aída Rozas Rozas (†) y Francisco Martínez Gallardo (†), cañetinos de toda la vida.
La celebración tuvo lugar en Ñipas a comienzos de los años setenta, y detrás de ella hay una historia que su hijo Fernando nos comparte.
Don Francisco y doña Luisa Aída se habían casado por el civil en 1954; pero en aquellos tiempos, no era suficiente si no había ceremonia religiosa, siempre quedaba alguien dispuesto a decir que "no estaban casados". Ellos llevaban años de vida en común, pero el comentario seguía dando vueltas.
Don Francisco tenía su taller mecánico en casa. Cuando llegó a Cañete el sacerdote español don Gregorio Monederos, necesitó un mecánico y un lugar donde guardar su vehículo. Así comenzó una relación de trabajo que con el tiempo se convirtió también en amistad.
Don Francisco conducía el jeep del párroco cuando debían viajar a Quidico, Tirúa y sus alrededores. También lo acompañaba a los viñedos de Ñipas a buscar el vino de misa. Allí, don Gregorio conocía desde hacía tiempo a los productores, con quienes mantenía una amistad: aquellos viajes eran también una ocasión para reencontrarse.
Entre caminos, encargos y conversaciones, aquel cura español de carácter fuerte, de los tiempos de sotana, terminó conociendo también el asunto del matrimonio. Fue así como don Gregorio tomó cartas en el asunto.
En uno de esos viajes por el vino, el cura los casó por la Iglesia allí mismo, en Ñipas, zona de antigua tradición vitivinícola y sus viejos amigos, los productores de vino, fueron los padrinos del matrimonio. Todo quedó entre gente conocida, y ese viaje que tenía un propósito bastante habitual terminó convertido en un acontecimiento familiar.
De aquella celebración quedó esta fotografía: los recién casados por la Iglesia bailando con sus padrinos, después de tantos años de estar casados por la ley y de compartir la vida.
El vino era para la misa, pero aquella vez el viaje alcanzó también para una boda.
Si en Cañete todavía quedaba alguien con dudas, don Gregorio les había dejado poco que comentar.