
Memoria de la jornada vespertina de Educación de Adultos en la Escuela Leoncio Araneda Figueroa de Cañete.
Antes de llegar a trabajar en esa jornada, ya había una historia detrás. En Cañete el problema del analfabetismo se conocía desde mucho antes, sobre todo entre quienes por distintas razones no habían podido completar su educación en la edad escolar.
Según recuerdo, fue el director Enrique Matamala Gutiérrez quien realizó las diligencias ante el Ministerio de Educación para que la Escuela Leoncio Araneda Figueroa obtuviera la autorización para funcionar también con una tercera jornada vespertina para Educación de Adultos. Gracias a esa gestión, durante muchos años la escuela abrió sus salas por la noche para recibir a personas que querían aprender a leer y escribir o terminar su educación básica.
Cuando terminaba la jornada normal en la escuela, el establecimiento quedaba por un momento en silencio. Los niños ya se habían ido a sus casas y el patio, que durante el día estaba lleno de movimiento, quedaba casi vacío; pero ese silencio duraba poco, porque al caer la tarde comenzaban a llegar los alumnos de la jornada vespertina.
Las salas volvían a encender sus luces y la escuela retomaba vida. En los pupitres se sentaban hombres y mujeres de distintas edades. Había jóvenes que habían dejado la escuela temprano y también adultos que hacía muchos años no abrían un cuaderno.
Me incorporé a esa jornada sin tener una preparación especial para enseñar a adultos. Cuando me ofrecieron trabajar en ella para completar mi carga horaria, tal como lo establecía mi contrato, acepté sin saber muy bien en qué consistía esa experiencia. Con el tiempo fui entendiendo que se trataba de una realidad muy distinta a la enseñanza tradicional.
Los alumnos no llegaban con mochilas ni con el entusiasmo propio de los niños. Llegaban después de trabajar todo el día. Algunos venían de labores forestales, otros de la construcción o del campo. Las mujeres muchas veces llegaban después de terminar sus tareas en la casa; pero aún así estaban allí.
Al comienzo algunos llegaban con cierta timidez, como si volver a la sala de clases después de tanto tiempo fuera algo extraño. Poco a poco el ambiente se volvía cercano. Se saludaban, conversaban un momento y comenzábamos la clase.
En esas clases no sólo se enseñaban materias. Cada alumno traía su propia historia. Muchos habían dejado la escuela porque tuvieron que trabajar desde niños. Otros simplemente no habían tenido acceso a estudios más allá de los primeros años.
Con el tiempo fui notando algo que se repetía en muchos de ellos. La necesidad de completar su escolaridad aparecía cuando enfrentaban una oportunidad de trabajo. Cada vez era más frecuente que para optar a un empleo se exigiera tener la educación básica completa y ese requisito obligaba a muchos a volver a mirar hacia la escuela. La jornada vespertina se transformaba entonces en una segunda oportunidad: no sólo para aprender, sino también para mejorar sus posibilidades de trabajo.
Pero junto a esa motivación práctica también había algo más profundo. Para varios de ellos terminar la escuela significaba cerrar una etapa que había quedado pendiente durante años.
Las clases seguían su ritmo. Revisábamos ejercicios, resolvíamos dudas y avanzábamos poco a poco. No era un aprendizaje rápido. El cansancio del día pesaba y el tiempo era limitado. Pero había constancia. Los alumnos volvían noche tras noche porque sabían lo que buscaban.
En invierno la situación se volvía más difícil. No eran raros los temporales de viento y lluvia que azotaban la zona. En más de una ocasión la electricidad se cortaba y la escuela quedaba a oscuras. Cuando eso ocurría no quedaba otra alternativa que suspender la clase y retirarnos antes de terminar la jornada. Eran las condiciones propias de esos años y de los inviernos duros del sur.
Con el paso del tiempo también llegaron algunos cambios. Cuando comenzaron a aparecer los primeros equipos de computación en los establecimientos públicos de la comuna, nuestra escuela recibió uno. A partir de eso preparé material de apoyo utilizando esas herramientas para facilitar el aprendizaje de los alumnos. Para muchos de ellos era la primera vez que veían un computador, y aprender a utilizarlo era todo un desafío. Había que perder el miedo al teclado, acostumbrarse al movimiento del mouse y descubrir que las palabras que escribían podían aparecer de inmediato en la pantalla. Para varios de ellos aquello tenía algo de asombro, como si la escuela les estuviera mostrando un mundo completamente nuevo.
Durante muchos años la jornada vespertina fue parte de la vida de la escuela. Allí llegaron personas que, después de una larga vida de trabajo, decidieron volver a estudiar para terminar algo que había quedado inconcluso.
En esa tarea no estuve solo. También participaron colegas que dejaron su tiempo y esfuerzo en esas clases nocturnas. Recuerdo entre ellos a valentín Rocha, Jorge Ramírez, Sergio Llanos, Francisco Cartes y Alfredo Fierro, profesores que al igual que yo, formaron parte de esa experiencia educativa que marcó a muchas personas de la comuna.
Con el tiempo la situación comenzó a cambiar. Aparecieron nuevos programas de nivelación de estudios y también un centro particular de educación de adultos. La matrícula fue disminuyendo poco a poco y finalmente la tercera jornada dejó de funcionar.
Fui el último profesor que permaneció en esa jornada antes de su cierre definitivo.
Sin embargo, quienes participamos en esa experiencia sabemos que aquellas clases nocturnas no fueron solamente un trámite escolar. Para muchos de esos alumnos fue una oportunidad que supieron aprovechar.
Hoy esas salas ya no se abren por la noche, pero la historia de quienes volvieron allí para terminar su educación sigue siendo una parte silenciosa de la educación en la memoria de Cañete.
Ese ciclo, cerrado hace ya veinte años, forma parte del recuerdo de la antigua escuela que durante décadas entregó una segunda oportunidad a muchos cañetinos.
Gorart V.
