En la esquina de Esmeralda con Villagrán, el Alianza se hizo un lugar en la vida de Cañete. Su historia reúne deporte, encuentros y el trabajo de personas que ayudaron a darle a la comunidad un espacio que permanece en la memoria de varias generaciones.
Hay lugares que terminan siendo parte de nuestra conversación, como si pertenecieran un poco a todos. “La Alianza” es uno de ellos. Así la nombraba Eduardo Sáez Maldonado al recordar el barrio de su infancia y aquel “club de mis amores” situado en Esmeralda con Villagrán. En esas pocas palabras está el cariño por una institución que acompañó parte de su vida.
Sus comienzos se sitúan en 1938, según se desprende de la celebración de sus 81 años realizada en mayo de 2019. Falta encontrar el acta que permita precisar el día, conocer a quienes se reunieron para fundarlo y saber qué los llevó a escoger su nombre. Son preguntas necesarias para recuperar una historia que merece contarse con sus protagonistas y no sólo con el recuerdo de su local.
Entre los nombres que aparecen está el del profesor José Reyes Molina, director de la Escuela Superior de Hombres y sucesor de Tomás Bustos. Alfonso Concha Acuña, en una semblanza conservada en Huellas Digitales, lo recuerda como presidente del Centro Alianza y señala que lo “dotó de magnífico edificio”. Es una mención breve, pero importante: permite reconocer su participación en una obra que formaría parte de la vida cañetina. La misma semblanza destaca su impulso al deporte local, aunque no lo identifica como fundador del club.
Sobre cómo aquella esquina llegó a manos de la institución, Clímaco Hermosilla entrega valiosos antecedentes en la página 313 de su Diccionario biográfico e historia de la propiedad urbana de Cañete. En 1942, Luis Rozas Saldías vendió la casa y el terreno a José Reyes Molina y otro comprador. Según explica el historiador, los habían adquirido para la institución deportiva, que en 1946 compró la propiedad. Así, el Alianza pasó a tener un espacio propio en esa esquina de Cañete.
Al referirse a la inscripción de dominio de 1951, Hermosilla menciona a José Reyes Molina, Marconi Toneatti Vecil, Manuel Sepúlveda Zapata, Héctor Eudocio Aqueveque Carrasco y Juan Concha Concha. La inscripción fue solicitada por Luis Emilio Vergara Carrasco, entonces presidente del Centro Alianza. Son nombres que también merecen un lugar en este recuerdo, por su participación en las gestiones relacionadas con la propiedad del club.
Ese mismo año, la institución obtuvo un crédito de la Corporación de la Reconstrucción para edificar su sede social. En 1956, Teodoro Riquelme y su esposa, Matilde Uribe Seguel, contribuyeron a ampliar el sitio mediante la donación de una franja de terreno de tres metros por calle Esmeralda y veinte metros de fondo, junto a su límite oriente. Fue así como la sede fue tomando forma gracias a esas gestiones y aportes.
Completar aquel recinto también tuvo dificultades. Un documento de la Cámara de Diputados, del 9 de abril de 1958, conserva la respuesta del Ministerio de Obras Públicas a una solicitud de recursos para terminar el gimnasio cerrado de Cañete. La gestión había sido promovida por el diputado Juan de Dios Reyes Moya y el Comité Parlamentario del Partido Agrario Laborista. El ministerio respondió que no podía destinar esos fondos, atendiendo a lo dictaminado por la Contraloría, porque el gimnasio era propiedad particular del Club Deportivo Alianza. El oficio deja constancia de que, para entonces, la institución ya contaba con un recinto cuyas obras necesitaba completar.
Después están los recuerdos de lo que ocurría dentro. Eduardo Sáez Maldonado cuenta que, durante los largos inviernos cañetinos, en el gimnasio techado se jugaba básquetbol y en el salón se disputaban conocidos campeonatos de ping-pong. El Alianza, el Juvenil y el Caupolicán eran parte de aquella vida social en la que los vecinos encontraban motivos y lugares para reunirse. En el Cañete de inviernos lluviosos, disponer de esos espacios permitía mantener el deporte y la convivencia durante buena parte del año.
Ese lugar en la comunidad fue recordado durante el aniversario de 2019, cuando se destacó que su gimnasio había recibido importantes encuentros deportivos, artísticos y culturales de la ciudad. En la misma ocasión, el profesor Rolando Salazar fue distinguido por su trayectoria como formador, dirigente y jugador. Un reconocimiento que también habla de las personas que han sostenido al club a través de los años.
Lo aquí contado es sólo una parte de la historia del Alianza. Muchas de sus historias deportivas han ido quedando en el olvido, aunque los numerosos trofeos y fotografías que conserva la institución hablan de quienes participaron activamente para darle vida, defender sus colores y sostenerla a través de los años. Detrás de cada copa hubo esfuerzo; detrás de cada equipo, jugadores, entrenadores, dirigentes y familias que también hicieron su aporte. Recuperar sus nombres, sus triunfos y las jornadas difíciles es una tarea pendiente. Las fotografías guardan sus rostros, pero hace falta volver a contar sus historias para que las nuevas generaciones sepan quiénes fueron y cuánto entregaron por su club.
Los antecedentes recogidos por Clímaco Hermosilla permiten conocer cómo el Alianza adquirió y amplió su propiedad. Quedan por recuperar otros detalles de sus primeros tiempos: sus primeros socios, las primeras disciplinas, las personas que trabajaron en la construcción y las jornadas que fueron dando vida a esa esquina. Parte de esos antecedentes podría encontrarse en los libros de actas, en documentos familiares o en el recuerdo de antiguos socios y sus descendientes. Reunirlos ayudaría a completar lo que hasta ahora conocemos.
Quizás alguien pueda reconocer a un jugador en una fotografía, recordar quién levantó una copa o contar cómo se reunieron los recursos para una obra. Cada uno de esos recuerdos puede devolver un nombre y una historia al Alianza. Compartirlos es una manera de agradecer a quienes hicieron del club una parte de la vida de Cañete.
Por: Gorart Villarroel Torres
Fotografías, gentileza de Pedro Martínez Ramírez