
Crónica de memoria e investigación histórica.
Cuando Cañete era apenas mencionado en las noticias nacionales, una radioemisora santiaguina anunció que poseía uno de los índices del costo de la vida más bajos del país.
Aquello se presentaba como una señal favorable, casi como si aquí la pobreza no existiera o se pudiera vivir sin mayores dificultades.
Siendo un niño escuchaba radio durante la noche. En aquellos años, cuando las condiciones atmosféricas lo permitían, las emisoras de onda larga llegaban desde muy lejos. Entre las noticias nacionales, los comentarios y los avisos comerciales, de pronto escuché nombrar a Cañete. No podía creerlo.
Los pueblos pequeños casi nunca aparecían en las informaciones transmitidas por las grandes radioemisoras. Cañete era noticia de tarde en tarde y para un niño que conocía el nombre de su pueblo únicamente dentro de sus límites cotidianos, escucharlo pronunciado desde una radioemisara distante producía una extraña mezcla de sorpresa y orgullo.
La noticia decía, según lo recuerdo, que Cañete tenía el índice del costo de la vida más bajo de Chile. La interpretación parecía sencilla: aquí se necesitaba menos dinero para vivir y por consiguiente, sus habitantes podían encontrarse en una situación mejor que la de otros lugares del país.
Durante años este tema permaneció dormido en el recuerdo sin saber qué había realmente detrás de aquella afirmación. Ahora, al revisar documentos de la época, esa noticia adquiere otro significado.
¿Se acordará alguien del sueldo vital?
Quizás algunos de nuestros lectores de más edad recuerden aquello que se llamaba el sueldo vital. ¿Pero qué era eso?
En febrero de 1937 se promulgó la Ley N.º 6.020, donde lo vital se definía como el dinero necesario para satisfacer las necesidades indispensables de una persona: alimentación, vestuario, vivienda y todo aquello requerido para su subsistencia.
No existía una misma cantidad para todo Chile. Las llamadas Comisiones Mixtas de Sueldos estudiaban las condiciones de vida y trabajo y fijaban anualmente el sueldo vital correspondiente a cada Departamento (extensión territorial). Por eso existía una cifra para Santiago, otra para Concepción, otra para Lebu y otra para Cañete.
El sistema parecía razonable, si vivir en un lugar resultaba más económico, allí podía establecerse un sueldo menor. El problema era que una cifra baja no significaba que se viviera mejor. También podía reflejar falta de trabajo, menores salarios, viviendas precarias, escaso consumo y una población obligada a subsistir con muy poco.
De allí pudo provenir aquella noticia leída por la radio. Cañete aparecía efectivamente con uno de los sueldos vitales más bajos del país. Lo que se presentaba como una ventaja tenía una consecuencia muy distinta: un empleado podía recibir legalmente una remuneración considerablemente menor que en otras ciudades.
Las cifras de 1968
Una intervención realizada en el Senado el 23 de julio de 1968 por el senador Humberto Aguirre Doolan permite comprobarlo.
Ese año, el sueldo vital mensual era de 373,34 escudos en Santiago y de 396,67 escudos en Concepción. En cambio, en la provincia de Arauco las cifras eran muy diferentes: 380,49 escudos en Curanilahue y Carampangue; 317,81 en Arauco, Los Álamos y Contulmo; 251,83 en Lebu y apenas 240,36 escudos en Cañete.
Cañete tenía el sueldo vital más bajo entre todas las localidades mencionadas. Representaba poco más del 60 por ciento del establecido para Concepción.
El senador Aguirre Doolan no presentó esas cifras como una buena noticia, al contrario, denunció la enorme desigualdad existente incluso entre localidades vecinas y concluyó:
"Con esta incongruencia únicamente queda por concluir que en la provincia de Arauco sólo se está creando miseria".
La otra realidad de la provincia
El mismo parlamentario describió una provincia de Arauco muy distinta de aquella imagen casi privilegiada que podía sugerir el supuesto bajo costo de la vida.
Habló de aislamiento, malos caminos, falta de industrias, escasez de trabajo y paralización de faenas. Mencionó a comerciantes sin crédito, mineros mal pagados, agricultores temerosos, jubilados con pensiones miserables, hospitales sin camas y escuelas con múltiples carencias.
Su descripción llegó todavía más lejos: afirmó que había miles de hogares donde se comía una vez al día y que habían aumentado la desnutrición, la tuberculosis, la mortalidad infantil y el número de adultos y niños descalzos o con vestimentas insuficientes.
Aguirre Doolan sostenía que la provincia había logrado subsistir con entereza, aunque su historia estuviera marcada por “amarguras y pobreza”.
Así, mientras una información podía presentar a Cañete como uno de los lugares más económicos para vivir, la realidad mostraba que muchas familias apenas lograban subsistir.
El dato persistió en el tiempo
No se trató de una cifra ocasional. Cuatro años más tarde, el 7 de marzo de 1972, el senador Ramón Silva Ulloa volvió a referirse a los sueldos vitales publicados en el Diario Oficial.
Para los empleados agrícolas y mineros, Cañete tenía asignados 568,11 escudos mensuales; Lebu, 595,29; Calbuco, 744,47; Puerto Varas, 753,25; La Unión, 762,04, y Valdivia, 791,90 escudos.
Nuevamente Cañete figuraba con la cantidad más baja. Silva Ulloa explicaba en esa oportunidad la importancia de haber creado un sueldo mínimo común para todos los trabajadores del país, porque los antiguos sueldos vitales territoriales mantenían enormes diferencias. El lugar donde supuestamente era más barato vivir, también se permitía pagar mucho menos.
¿Una ventaja o un círculo de pobreza?
Un bajo costo de vida no significa necesariamente que una comunidad sea próspera.
Los precios podían ser menores porque los arriendos eran baratos, muchas familias producían parte de sus alimentos y existía menos actividad comercial. Pero también podían mantenerse bajos porque los salarios eran reducidos, había poco trabajo y la población poseía escasa capacidad para comprar.
Se formaba así un círculo difícil de romper ya que se decía que vivir en Cañete costaba menos, se fijaban sueldos más bajos; al existir menores ingresos, disminuían el consumo y la actividad comercial y esa debilidad económica servía nuevamente para justificar remuneraciones inferiores.
La medición no siempre reflejaba los costos provocados por el aislamiento. Viajar a Concepción para recibir atención médica, realizar trámites, estudiar o adquirir productos inexistentes en el comercio local significaba gastos que difícilmente aparecían en aquella estimación.
Por eso, decir que Cañete tenía el costo de vida más bajo podía ser estadísticamente correcto dentro de una determinada medición, pero resultaba engañoso si se interpretaba como ausencia de pobreza.
Medio siglo después la contradicción se hizo evidente.
En septiembre de 2016 se conocieron los resultados comunales de la Encuesta Casen 2015. Cañete apareció entonces con el mayor porcentaje de pobreza por ingresos entre las comunas para las cuales se contaba con una estimación directa representativa.
El 38,1 por ciento de su población se encontraba en esa condición. Eran aproximadamente 13 mil personas cuyos ingresos no alcanzaban para financiar sus necesidades básicas.
La prensa volvió a nombrar a Cañete a nivel nacional, pero esta vez los titulares decían:
“Cañete es la ciudad con más pobreza por ingresos de Chile”.
En años cercanos, Lonquimay también encabezó las estimaciones nacionales de pobreza. Cañete y Lonquimay quedaron así asociados entre los territorios más postergados del país.
Las mediciones posteriores han mostrado una disminución de la pobreza por ingresos en Cañete: bajó a 15,8 por ciento en 2017 y a 13,3 por ciento en 2022, sin embargo, todavía permanece por encima del promedio nacional y continúan existiendo importantes carencias sociales y territoriales.
Una noticia que escondía otra historia
Han transcurrido más de sesenta años desde aquella noche en que escuché el nombre de Cañete a través de una radio.
Durante mucho tiempo pensé que aquella noticia nos distinguía favorablemente, parecía decir que vivíamos en un lugar donde el dinero alcanzaba, las necesidades eran menores y la pobreza casi no existía.
Hoy comprendo que detrás del supuesto privilegio había otra realidad.
Que a Cañete se le atribuyera uno de los costos de vida más bajos no significaba que todos vivieran bien. Aquella cifra también podía reflejar una economía con poco movimiento, salarios reducidos, escasas fuentes de trabajo y una parte importante de la población obligada a subsistir con muy poco.
Lo que entonces se presentaba como una ventaja terminó convertido, medio siglo después, en una dolorosa confirmación: en 2016, Cañete fue señalado como la comuna con mayor pobreza por ingresos dentro de la medición publicada.
Han pasado más de sesenta años y Cañete es, sin duda, una ciudad muy distinta de aquel pequeño pueblo que apenas aparecía en las noticias nacionales; pero frente a estas cifras:
¿Cuánto hemos cambiado realmente y cuánto de aquella historia, bajo otras formas y con otros nombres, continúa repitiéndose?
Fuentes consultadas: Ley N.º 6.020, de 1937, sobre sueldo vital y Comisiones Mixtas de Sueldos; Diario de Sesiones del Senado, intervención del senador Humberto Aguirre Doolan, 23 de julio de 1968; Diario de Sesiones del Senado, intervención del senador Ramón Silva Ulloa, 7 de marzo de 1972; Encuesta Casen 2015, Ministerio de Desarrollo Social; publicaciones de La Tercera y Diario Concepción, septiembre y octubre de 2016.
Por Gorart Villarroel T.