Vegas a orillas del río Tucapel...

¿Querís volar, cabro?

sopla
Hay imágenes que te hacen volar y otras que te preguntan: “¿Querís volar, cabro?”
Al verla, regresé en el tiempo a una experiencia de mi niñez.

21 de mayo de 1964, sol radiante.
Como hasta hoy, vivíamos en el sector norte de Cañete, un grupo de casas a orillas del camino de ripio. No era domingo, pero tenía ese aire especial de los días festivos de entonces, donde el tiempo y el pueblo eran más lentos.
A eso del mediodía escuché el motor de una avioneta sobrevolando el pueblo. Dio una vuelta… luego otra… y una tercera. En una de ellas el sonido cambió, como si el carburador estuviera fallando. No era falla, sino una señal. Así se pedía taxi en esos años, cuando en el pueblo no había más de tres.
El aeródromo Las Misiones está a tres kilómetros al norte por camino de ripio en ese entonces; hoy nada es comparable, excepto la pista de aterrizaje que, a pesar del tiempo transcurrido, aún no está asfaltada.
Fui en mi bicicleta como si estuviera participando en una competencia. Al llegar, la avioneta ya había aterrizado. Un taxi salía desde ahí. Me acerqué al hangar y miré cómo el avión comenzaba a avanzar por la pista para tomar posición de vuelo. Avanzó unos metros y entonces ocurrió lo que jamás podría haber imaginado.
Desde la cabina, el piloto abrió la ventanilla y gritó:

- ¿Querís volar, cabro?

- ¡Vamos a Lebu y volvemos! Tengo que ir a buscar un pasajero y regresamos.
-Deja la bicicleta ahí en el hangar - agregó.

Miré mi bici. No se veía a nadie cerca. Dudé. Pensé que alguien podía llevársela; pero el deseo de volar era más fuerte que cualquier miedo pequeño. La dejé apoyada junto al hangar y subí.
El piloto era del Club Aéreo de Angol. Yo no podía creer lo que estaba viviendo. Ida y vuelta. Una invitación inesperada.

Despegamos.

Vi que Cañete comenzó a hacerse pequeño. Las casas, las calles, los patios… todo se volvió dibujo, cambiando las dimensiones.

No era exactamente un regalo. El piloto tenía que ir igual a Lebu a buscar un pasajero. El avión no iba vacío. Yo era simplemente el asiento disponible. Pero ante mis ojos, ese vuelo era lo más parecido a que el cielo se abriera sin cobrar entrada.
En quince minutos estábamos sobre Lebu. Sobrevolamos el pueblo y luego aterrizamos en el aeródromo Los Pehuenches. Esperamos cerca de media hora por la persona que debía aparecer. Nunca llegó.
Volvimos. El vuelo de regreso fue distinto; ya no era sorpresa, era conciencia. Estaba viviendo algo que no volvería a repetirse.
Aterrizamos nuevamente en Cañete. Me bajé con el corazón más grande que el cuerpo al ver que mi bicicleta seguía ahí.
Nunca le conté lo ocurrido a mi madre. No tuve el valor. Sabía que ella habría visto riesgo o peligro donde yo vi cielo abierto. Felizmente, nada de esos temores sucedió.

Han pasado sesenta años.

Al ver una imagen con esa manga de viento, vuelvo a escuchar: -¿Querís volar, cabro?

Con el tiempo entendí que, a veces, en la vida no te invitan por ti; te invitan porque hay un espacio libre y si te atreves a ocuparlo, ese espacio se transforma en recuerdo para toda la vida.

Desde entonces, volar dejó de ser una idea.