
Hoy el mundo vuelve a mirar la Luna, no para llegar, ahora se habla de explorar su lado oculto, instalar presencia humana e incluso habitarla. La misión Artemis II vuelve a poner ese objetivo sobre la mesa y lo presenta como una nueva etapa para la humanidad.
Sin embargo, hace más de medio siglo, mucho antes de estos planes, un chileno ya había hecho algo que hoy suena difícil de creer: inscribió la Luna como propiedad suya. Artículo completo AQUÍ
Jenaro Gajardo Vera, abogado y poeta oriundo de Traiguén, en septiembre de 1954 se presentó ante el Conservador de Bienes Raíces de Talca con un documento en el que declaraba ser dueño del satélite desde antes de 1957.
El funcionario que lo atendió le explicó que la Luna tenía dimensiones y deslindes, y que al no existir un propietario inscrito, nada impedía que alguien la registrara. Le indicó que debía publicar un aviso durante tres días en el Boletín Oficial y, si no había oposición, la inscripción sería válida.
Así fue. Cumplió con el trámite, pagó aproximadamente $42.000 de la época y la Luna quedó inscrita a su nombre.
El hecho, que podría parecer una simple excentricidad, tomó otra dimensión con el tiempo. Según el relato, cuando Estados Unidos preparaba el alunizaje del Apollo 11 en 1969, se le habría solicitado autorización para descender en la superficie lunar.
La historia puede discutirse en sus detalles, pero lo cierto es que ya había cruzado fronteras.
A partir de ese momento, Gajardo fue entrevistado en numerosas ocasiones. Siempre le hacían la misma pregunta: para qué quería la Luna. Su respuesta era simple. Decía que no le gustaba el mundo tal como era, marcado por conflictos, violencia y desigualdad, y que había imaginado la posibilidad de crear algo distinto, un espacio mejor.
También relataba, con humor, que funcionarios del Servicio de Impuestos Internos lo visitaron al detectar que nunca había declarado el satélite. Él les respondió que no tenía inconveniente en pagar, siempre que fueran a medir su propiedad, tasarla y luego le indicaran el monto correspondiente.
Con los años, la historia siguió creciendo. Se mencionan incluso acciones judiciales simbólicas contra nuevas misiones espaciales, tanto estadounidenses como soviéticas, por utilizar un territorio que él consideraba propio.
Más allá de lo anecdótico, el caso quedó instalado como una de las historias más singulares vinculadas a Chile.
Datos posteriores que indican por qué esto no puede volver a ocurrir, según el medio LN de Neuquén
"Corría el año 1954 y, en lo que él mismo definió como un “acto poético de protesta”, Jenaro Gajardo inscribió la Luna a su nombre. Detrás del gesto no solo había una idea simbólica, sino también una motivación concreta.
Según relataría en distintas entrevistas, uno de los requisitos para ingresar al Club Social de Talca era demostrar la posesión de un bien. Al no cumplir con esa condición y molesto por el rechazo, Gajardo se sentó una noche en una plaza y, mirando el cielo, encontró la respuesta.
“Qué curioso -se dijo-, el satélite pertenece a la Tierra, tiene dimensiones y nadie lo ha inscrito a su nombre”.
A partir de esa idea, inició el proceso que terminaría con la inscripción legal de la Luna.
Otra parte de la historia, difícil de comprobar pero ampliamente difundida, señala que habría recibido una solicitud formal para autorizar el alunizaje de la misión Apollo 11.
Según el propio Gajardo, el requerimiento habría llegado a través de la embajada de Estados Unidos, en representación del entonces presidente Richard Nixon, para permitir el descenso de los astronautas Neil Armstrong, Edwin Aldrin y Michael Collins.
Más allá de la veracidad de ese episodio, el relato se consolidó como parte inseparable de la historia.
En sus propias palabras, Gajardo reconocía que nunca imaginó que el ser humano llegaría a la Luna tan pronto. Pensaba que ese hito ocurriría recién después del año 2000.
Con el paso del tiempo, su “propiedad” adquirió un nuevo significado. Antes de su muerte en 1998, decidió ceder la Luna a la humanidad, dejando establecido en su testamento:
“Dejo a mi pueblo la Luna, llena de amor por sus penas”.
Sin embargo, paralelamente, el desarrollo del derecho internacional ya había cerrado ese camino. En 1967, las Naciones Unidas establecieron el Tratado del Espacio Exterior, que fija principios fundamentales sobre el uso del espacio.
Entre ellos:
- La prohibición de apropiación: ningún país puede reclamar soberanía sobre la Luna u otros cuerpos celestes.
- El uso pacífico del espacio exterior.
- La libertad de exploración para todos los Estados.
- La responsabilidad internacional por las actividades espaciales.
Estos principios dejaron claro que la Luna no puede ser objeto de propiedad, ni estatal ni individual.
Aun así, la historia de Jenaro Gajardo no perdió fuerza. Por el contrario, quedó instalada como uno de los relatos más singulares surgidos desde Chile, a medio camino entre lo jurídico, lo simbólico y lo poético."
