No soy filósofo ni experto en inteligencia artificial. Soy un profesor jubilado que alcanzó a conocer la computación desde sus comienzos y que hoy observa, con asombro y también con algunas dudas, hasta dónde hemos llegado y qué anuncian algunos gurús sobre la educación dentro de cincuenta años.
Por las redes circulan predicciones sobre lo que podría ocurrir con la educación en el futuro. Se anuncia que cada niño o joven tendrá un tutor personal basado en inteligencia artificial, capaz de buscar distintos caminos hasta conseguir que comprenda lo que desea aprender. Según esta visión, el conocimiento ya no tendría que permanecer necesariamente en nuestra memoria, porque estaríamos conectados de manera permanente a una especie de inteligencia artificial universal. Incluso se anticipa el fin de la clase tradicional, con un profesor enseñando simultáneamente a treinta estudiantes.
Como profesor, me pregunto: ¿educar consistirá solamente en encontrar la mejor manera de transmitir conocimientos? Un tutor artificial podría explicar una ecuación de ocho formas diferentes hasta conseguir que el estudiante la comprenda. Pero educar también significa formar criterios, aprender a convivir, reconocer al otro, enfrentar frustraciones y comprender que nuestros actos tienen consecuencias. ¿Podrá una máquina asumir también esa parte de la tarea?
Todo esto me lleva a otra pregunta: ¿estaremos entrando en una nueva era, en una especie de odisea que ya no busca conquistar el espacio, sino crear intelectuales artificiales?
Pero ¿podemos llamar “intelectual” a una máquina solamente porque reúne conocimientos, construye argumentos y utiliza correctamente las palabras? Un intelectual no es solo aquel que sabe mucho: también duda, interpreta, se contradice y comprende que sus ideas pueden tener consecuencias. La inteligencia artificial puede imitar esas conductas y entregar respuestas muy bien elaboradas, pero ¿entiende realmente lo que dice?
En medio de todo esto, ¿dónde queda la verdad? Una inteligencia artificial puede entregar una respuesta aparentemente razonada sin saber si aquello que afirma es verdadero. Aprende de información creada por los seres humanos y allí encuentra conocimientos, errores, prejuicios y también mentiras. Puede ayudarnos a buscar la verdad, pero no garantizarla. Al final, alguien tendrá que comprobar, dudar y hacerse responsable de lo que acepta como cierto. Ese alguien, por ahora, seguimos siendo nosotros.
Si hablamos tanto de inteligencia artificial, ¿podría aparecer también una "estupidez artificial"? porque una máquina puede manejar millones de datos, responder en pocos segundos y aún así, equivocarse, inventar información o decir un disparate. Tener más información no significa tener más sabiduría. Eso también nos ocurre a los humanos.
Tampoco conviene confundir automatización con inteligencia. Una máquina automatizada repite una tarea siguiendo instrucciones; una inteligencia relaciona información y busca soluciones. Pero comprender el bien y el mal, sentir envidia, ambicionar poder o actuar por resentimiento pertenece a un terreno distinto y bastante más complejo.
Algunos sostienen que, si las máquinas llegan a superarnos, terminarán dominándonos porque lo superior siempre domina, cosa de la que no estoy tan seguro. Para comprender al ser humano tendrían que conocer también la maldad, la envidia, la ambición y tantas otras contradicciones que forman parte de nosotros; pero una cosa es conocerlas y otra muy distinta sentirlas o actuar impulsado por ellas.
Además, la inteligencia por sí sola no basta para dominar. También se necesita poder, autonomía y algún propósito. Quizá el peligro más cercano no sea que la máquina se vuelva malvada por decisión propia, sino que personas, gobiernos o grandes empresas utilicen su capacidad para controlar, manipular o hacer el mal con mayor eficacia.
Detrás de todo permanece una pregunta que nadie parece capaz de responder con absoluta certeza: ¿qué es realmente la conciencia?
Podríamos decir, de manera sencilla, que es saber que existimos, sentir que somos alguien y reconocer como propios nuestros pensamientos y actos. Una máquina puede afirmar “yo pienso”, “yo comprendo” o incluso “no quiero que me desconecten”. Pero esas palabras no demostrarían necesariamente que exista alguien dentro de ella sintiendo todo aquello.
Tal vez una futura inteligencia artificial llegue a imitar perfectamente la conciencia. Podría hablar de sus temores, defender su existencia y comportarse como si supiera que está viva. Aún así, persistiría la interrogante: ¿estaría sintiendo realmente o solamente habría aprendido a representar muy bien lo que sentimos los seres humanos?
No tengo las respuestas. Quizá esta nueva odisea no consista únicamente en crear máquinas capaces de pensar, sino también en descubrir si nosotros sabremos distinguir entre una inteligencia que responde, una conciencia que siente y una humanidad que deberá decidir qué hacer con ambas.
Por Gorart Villarroel T