Con los años he descubierto algo que no esperaba: en mi caso, el deseo de aprender ha terminado siendo más constante que la razón y más duradero que la pasión.
No porque la razón sea menos importante; al contrario, la necesito para ordenar las ideas, distinguir lo verdadero de lo falso y evitar conclusiones apresuradas. Tampoco porque la pasión tenga poco valor. Gracias a ella uno comienza muchos caminos. Lo que he observado es que ambas cambian con el tiempo. En cambio, las ganas de aprender, al menos en mi experiencia, han permanecido.
Alguien podría decir que todo depende de lo que uno quiera aprender; por supuesto, es así. Nadie puede interesarse por todo. Pero esa nunca ha sido mi idea. No hablo de los temas, sino de la actitud frente al conocimiento. Cuando un asunto despierta mi curiosidad, aparece una necesidad difícil de explicar: comprenderlo lo mejor posible. Da lo mismo si se trata de historia local, educación, tecnología o inteligencia artificial. Cambia el tema; no cambia el impulso por entender.
No aprendo para demostrar que sé. Tampoco porque alguien me lo exija. Lo hago porque entender una idea, descubrir una relación entre hechos o encontrar una explicación que antes no veía me produce una satisfacción que nunca ha perdido fuerza.
Con los años también he aprendido otra cosa. El aprendizaje no tiene porqué seguir el ritmo que otros esperan. Hay asuntos que comprendo en minutos y otros que me toman semanas, meses o incluso años. Ya no me preocupa, no importa a qué ritmo aprenda. Lo importante es no perder el deseo de seguir comprendiendo. Las buenas preguntas tienen su propio tiempo y muchas veces, las respuestas llegan cuando uno ya ha dejado de perseguirlas.
Cuando trabajaba, casi todo mi tiempo estaba comprometido. Había horarios, responsabilidades y tareas que cumplir. Desde que me jubilé ocurrió algo distinto: recuperé el tiempo para pensar. Puedo leer una noticia con calma, volver sobre un tema días después o dedicar horas a una pregunta sin preocuparme de si tendrá una utilidad inmediata. Ese cambio ha hecho que aprenda más por interés que por obligación.
La inteligencia artificial es un buen ejemplo. Al principio llamó mi atención como cualquier otro avance tecnológico. Con el tiempo dejó de interesarme sólo por lo que hace y empezó a importarme por las preguntas que plantea. Más que buscar respuestas definitivas, descubrí que cada respuesta abre nuevas preguntas que lejos de desanimarme, eso mantiene viva mi curiosidad.
Lo que sí sé es que aún siento el mismo impulso por comprender que sentía hace muchos años. Mientras esa curiosidad me acompañe, seguiré leyendo, preguntando y observando. Porque aprender no consiste en aferrarse a las propias ideas, sino también en estar dispuesto a cambiarlas cuando la evidencia demuestra que uno estaba equivocado.
Para mí, aprender no ha sido una etapa de la vida, ha terminado siendo una manera de vivir. Mientras conserve la curiosidad, seguiré sintiendo que todavía me queda mucho más por descubrir que por recordar.
Gorart Villarroel