
Combustible GRATIS durante una hora”, así, en mayúsculas, como si fuera una hazaña nacional.
La televisión lo anuncia con entusiasmo, muestran filas de autos, bocinazos, gente apurada por alcanzar el “beneficio”, el periodista sonríe y habla de “furor” y de “llamativa iniciativa”, casi como si estuviéramos frente a un acto solidario digno de aplauso. Uno mira la escena completa y no sabe si reírse o molestarse, porque lo que parece gratis, nunca ha sido.
El combustible que Chile compra afuera tiene un precio conocido, internacional, bastante menor al que vemos marcado en la bomba de la bencinera; hasta ahí no hay misterio, porque lo caro empieza después, cuando al litro le cuelgan impuestos, más impuestos, IVA, impuesto específico, recargos, márgenes comerciales, utilidades y toda esa cadena que nadie explica en la tele; cuando terminas de pagar, lo que menos estás pagando es bencina, estás financiando un sistema entero, pagándole al Estado y al negocio mucho antes que a la energía.
Esto ocurre todo el año, todas las semanas, cada vez que llenas el estanque; nadie hace notas por eso, nadie habla de “furor” cuando el precio sube veinte o treinta pesos, nadie pone música de fondo cuando el bolsillo se vacía en cámara lenta; pero un día te devuelven unas monedas durante sesenta minutos y arman un espectáculo nacional.
Ahí está la trampa; te cobran de más trescientos sesenta y cuatro días y te distraen uno; te sacan miles de pesos durante meses y te regresan unas lucas por una hora, con globos y titulares, y más encima esperan que agradezcas.
Lo más triste ni siquiera es el precio, es la costumbre; nos acostumbramos a pagar caro, a que todo suba, a que cuando el valor internacional baja acá apenas se note, a que siempre haya una explicación técnica que nadie entiende y que termina siendo una forma elegante de decir “es lo que hay”; y mientras tanto la televisión, que podría preguntar dónde se va esa diferencia, prefiere sumarse al show, repetir “gratis” veinte veces y filmar la fila como si eso fuera la noticia.
Uno termina sintiendo que nos tratan como niños; nos dan un caramelo para que olvidemos el golpe; celebramos la promo y nunca discutimos el abuso de fondo; corremos detrás de la palabra “gratis” pero jamás hacemos ruido por la palabra “sobreprecio”, cuando esa es la que de verdad nos afecta.
Si el litro cuesta menos traerlo, ¿por qué pagamos tanto?, ¿por qué el ajuste siempre es hacia arriba?, ¿por qué el bolsillo del consumidor es el único que nunca descansa?; preguntas simples, de sentido común, que curiosamente nadie grita en los noticieros.
Tal vez ese sea el verdadero problema; no la bencina, no la empresa, no el impuesto, sino nuestra resignación; aceptamos todo como paisaje, como si fuera clima... felices por una hora de regalo, pero guardamos silencio por años de cobros excesivos.
Gratis, dicen; pero clarito está que lo pagamos antes y lo seguiremos pagando después; la diferencia es que esta vez le pusieron luces y cámaras.
El día que el furor sea para exigir precios justos y no para aplaudir migajas, recién vamos a estar hablando en serio; mientras tanto, seguiremos llenando el estanque y mirando la pantalla, convencidos de que nos hicieron un favor, cuando en realidad solamente nos devolvieron un pedacito de lo que siempre fue nuestro.
Gorart V.
